¿Mala suerte en el amor? Misterio revelado: te lo explico en 4 motivos

Es posible que sientas que tu vida amorosa no avanza y que, por más que lo intentes, las relaciones de pareja siempre terminan igual: personas que prometen pero nunca llegan a nada, historias tibias o intentos con mucho esfuerzo y poco resultado. Y ahí aparece la gran duda: «¿será que estar en pareja no es para mí?»

Puede que pienses que encontrar el amor hoy en día es imposible, que la gente ya no sabe lo que quiere, que te hacen perder el tiempo o que simplemente tienes mala suerte en el amor. A lo mejor hasta has considerado mirar tu carta astral, por si el universo tiene algo que decir sobre tu destino romántico.

Dicen que el amor verdadero se hace esperar, pero mientras tanto, ¿qué hacemos con esta sensación de que las relaciones sentimentales son una asignatura pendiente?

Motivo nº1: elegimos mal… y nos enganchamos

Y aquí es donde empieza el lío. Porque en lugar de hacer caso a esa intuición que te dice «esto no va a acabar bien», decides ignorarla. Total, nadie es perfecto, todo el mundo tiene defectos, seguro que con el tiempo cambia… y así, sin darte cuenta, acabas invirtiendo energía, tiempo y paciencia en una historia que ya venía con señales de advertencia en neón.

Pero claro, para cuando te das cuenta, ya estás demasiado metido/a en el juego. Porque el problema no es solo elegir mal, sino engancharse a la historia equivocada. Y eso, querido/a lector/a, es como meterse en arenas movedizas: cuanto más luchas por hacerlo funcionar, más te hundes.

Así que la cuestión no es solo «¿por qué siempre me pasa esto?», sino «¿por qué sigo insistiendo cuando sé que no funciona?». Ahí es donde está la clave.

Tu mente racional se va de marcha

Celebrate Bridget Jones GIF by MIRAMAX
Bridget Jones lo sabe

Estas cosas no se analizan con lupa. No te sientas a pensar «¿esta persona encaja conmigo a largo plazo?». No, te lo pasas bien, os reís, os entendéis… y con eso basta para querer seguir ahí.

El famoso «dejemos que fluya» no sería un problema si no acabara en semanas, meses o incluso años de espera a que la historia tome el rumbo que esperas.

Puede que esa persona sea genial en muchos aspectos—divertida, atractiva, buen sexo—pero a la hora de la verdad, va a su bola y eres tú quien siempre empuja la relación.

Y claro, no te voy a decir que dejes de sentir lo que sientes. Las mariposas en el estómago son adictivas. Pero una cosa es sentir cosquillas y otra vivir con un nudo en el estómago, esperando algo que nunca llega.

Tu mala suerte en el amor y las personas que fuman

Si tiendes a engancharte a relaciones que no te hacen bien, tienes más en común con alguien que fuma de lo que crees. Ambos sabéis que no os conviene, pero os contáis historias para justificarlo.

Aquí entra en escena la disonancia cognitiva (momento repipi on).

Un fumador sabe que el tabaco es malo, lo ha visto en anuncios y en fotos horribles del paquete, pero sigue fumando. ¿Solución? O deja de fumar o se monta un discurso para convencerse de que no es para tanto: “de algo hay que morir”, “mi abuelo fumó toda su vida y vivió hasta los 90”.

Con el amor pasa lo mismo. Sabes que esa relación no va bien, pero en lugar de salir corriendo, tu cerebro se pone creativo y te suelta excusas para que te quedes un poco más:

  • “Seguro que con el tiempo cambia.”
  • “Lo nuestro es especial, nadie lo entendería.”
  • “Si no estuviera enamorado/a, esto no me afectaría tanto.”
  • “No es perfecto/a, pero ¿y quién lo es?”

Ese nudo en el estómago cuando algo no encaja es tu disonancia cognitiva saludándote con un ‘¡holi!’. Y cuanto más la ignoras, más cómoda se pone.

Así es como aliviamos el malestar psicológico

Cuando sentimos que estamos atrapados en una relación que no nos hace bien, pero a la vez queremos dejar de tener mala suerte en el amor (o sea, encontrar una pareja decente de una vez por todas), nuestra mente nos plantea dos opciones:

  1. Dejar ir a esa persona. (Doloroso, incómodo, implica enfrentar la realidad y pasar por el mono.)
  2. Convencernos de que todo va bien y seguir ahí. (Gratis con suscripción a autoengaños ilimitados.)

Como la primera opción duele y la segunda nos permite quedarnos sin sentirnos tan mal por ello, vamos con los clásicos autoengaños que usamos para justificar lo injustificable.

Los Greatest Hits del autoengaño amoroso

Primero. Idealizar a la otra persona: No encaja con lo que queremos, pero algo tiene, y nos aferramos a eso con uñas y dientes. «Vale, emocionalmente es un cactus, pero es que es tan divertido…».

Segundo. Mitos románticos del siglo pasado:

  • «Seguro que cambia con el tiempo.»
  • «Mi amor le hará ver lo que siente en realidad.»
  • «Los polos opuestos se atraen, lo he leído en Instagram.»
  • «Más vale esto que estar solo/a, que el mercado está fatal.»

Tercero. Autoengaño versión ‘libertad y cero dramas’: Nos convencemos de que esto no es desinterés ni falta de compromiso, sino independencia emocional de la buena. «Así estamos genial, ¿para qué poner etiquetas?». Que a ver, si realmente no quieres compromiso, perfecto. Pero si lo que en realidad deseas es algo más sólido, te estás vendiendo la moto tú solo/a.

Cuarto. El tira y afloja: Aquí entramos en el «vamos a darle celos a ver si reacciona», «voy a desaparecer un poco a ver si me busca», o el típico «le voy a subir un storie misterioso con una frase profunda a ver si lo pilla». Todo con un solo objetivo: asegurarnos de que la otra persona sigue ahí.

El sesgo de confirmación: ese gran aliado del autoengaño

Todo esto ocurre porque nuestro cerebro odia la disonancia cognitiva, así que hace malabares para mantenernos en nuestra zona de confort. El sesgo de confirmación es el truco estrella: solo vemos y recordamos lo que nos interesa.

Es lo mismo que hace alguien que fuma: sabe que el tabaco mata, pero si ha leído en algún sitio que fumar dos cigarrillos al día no es tan malo y que su abuelo fumó hasta los 90, adivina qué dato se va a quedar.

Con el amor hacemos lo mismo. Nos agarramos a los días buenos, a los detalles bonitos, a las excepciones. Ignoramos los vacíos, las dudas, el desgaste. Porque aceptar que no funciona implica tomar una decisión. Y tomar decisiones da vértigo.

Pero al final, hay una pregunta que siempre vuelve: «Si todo está tan bien como me cuento… ¿por qué sigo sintiéndome así?». Y ahí está la clave.

Motivo nº2: no estamos amando

«Venga, ¿no me digas?», estarás pensando.

Suena raro, pero vamos a verlo con calma. Si te dejas llevar por la impulsividad sin pensar realmente en si la otra persona encaja contigo, o si sabes que no es lo que buscas pero aun así sigues ahí, es posible que no estés siendo fiel a lo que realmente necesitas. Y cuando ignoramos nuestras propias necesidades, lo que hacemos no es amar, sino llenar huecos.

Porque si no nos respetamos, no nos estamos amando. Y si no nos amamos, lo que buscamos en los demás no es amor, sino sustitutos: compañía, validación, sexo, la sensación de ser importantes para alguien, o incluso una forma de tener el control. Pero ninguna de estas cosas es amor, aunque a veces se parezca.

Y esto también explica por qué algunas personas se quedan al lado de alguien aunque no les correspondan realmente. No es amor, es necesidad. Se están agarrando a lo que el otro les da para tapar sus propios vacíos. Un comportamiento más común de lo que nos gustaría admitir.

La estrategia que se sigue es lógica, pero ineficiente

Si sientes que tienes mala suerte en el amor, es posible que hayas probado las típicas estrategias de seducción: cuidarte físicamente, ser un/a crack en la cama, tener la billetera bien llena, hacerte el/la interesante o, por el contrario, volverte la persona más complaciente del mundo. Todo esto suena lógico, porque nos han enseñado que así es como se conquista a alguien.

El problema es que, si basamos el amor en estos «métodos», la conexión dura lo que dure el truco:

  • Si alguien te quiere por tu físico, dejará de hacerlo cuando los años pasen (porque, spoiler: pasan).
  • Si te eligen por tus habilidades en la cama, el interés se desvanecerá cuando la novedad desaparezca.
  • Si te valoran por tu dinero, se marcharán cuando ya no lo necesiten.
  • Si los atraes con indiferencia y juegos emocionales, desaparecerán en cuanto mejoren su autoestima.
  • Si crees que el amor se gana complaciendo y cuidando al otro, es posible que te dejen cuando sus heridas estén sanadas.

Lo que nos han enseñado sobre amar y ser amados se basa en intercambios, no en amor real. Y ahí está el problema. Porque en cuanto desaparece aquello que ofrecíamos como moneda de cambio, la relación se tambalea. No nos han enseñado a amar sanamente, sino a negociar el afecto. Y por eso, muchas veces, el amor se nos acaba escapando de las manos.

Nos solemos percibir como una media naranja

Nos han vendido que el amor es encontrar la otra mitad, como si viniéramos de fábrica incompletos. Y claro, luego vamos por la vida creyendo que alguien más tiene que rellenar nuestros huecos emocionales.

El problema es que muchas veces no elegimos por afinidad, sino por carencia. Si nos sentimos inseguros, nos deslumbra alguien con personalidad arrolladora. Si nos cuesta poner límites, nos enganchamos a quien toma todas las decisiones. Y si encima esa persona nos elige, boom: «algo habrá visto en mí que yo no veo». Para una autoestima frágil, eso es un chute inmediato.

¿Y por qué alguien tan fuerte elige a alguien más sumiso/a? Porque el poder también engancha. Puede que necesite a alguien que le admire y le siga el juego para sentirse importante.

Así, sin darnos cuenta, encajamos en relaciones que parecen hechas a medida… pero de un puzzle defectuoso. Víctima-verdugo, rescatador-rescatado, padre/madre-hijo/a. No siempre es disfuncional, pero cuando estos roles son fijos, la relación se convierte en una jaula.

Porque el amor no va de encontrar a quien te complete, sino de aprender a ser una naranja entera por tu cuenta.

Motivo nº3: puede que se estén ahuyentando a perfiles adecuados

No quería decirlo, pero aquí estamos.

A veces todo parece ir sobre ruedas: conoces a alguien encantador, está disponible, sin fantasmas del pasado, con ganas de comprometerse y con la mochila emocional sorprendentemente ligera. En fin, parece una persona equilibrada, sana y con la que podrías construir algo bonito.

Pero, de repente… ¡zas! Algo se tuerce.

Y no porque la otra persona haga nada extraño, sino porque eres tú quien empieza a sentir que algo no encaja. De repente, te recorren sudores fríos, te entran dudas, te da vértigo y empiezas a ver señales de alarma donde probablemente no las hay. Tal vez sientas que necesitas más espacio, que la relación va muy rápido, que no estás tan seguro/a como pensabas. En resumen: te entran ganas de salir corriendo como alma que lleva el diablo.

Y esto tiene un nombre: miedo.

  • Miedo a sufrir («¿Y si esto sale mal y me destroza?»).
  • Miedo a perder libertad («¿Y si me corta las alas?»).
  • Miedo al compromiso («¿Y si no estoy preparado/a?»).
  • Miedo a la incertidumbre («¿Y si ahora todo parece bien, pero luego cambia?»).
  • Miedo al miedo («¿Y si no es la persona adecuada y me equivoco otra vez?»).

El problema es que este miedo, si no se detecta a tiempo, te hace sabotear relaciones que sí podrían funcionar. A veces de forma evidente (desapareciendo, alejándote, poniendo excusas), otras de forma más sutil (buscando defectos inexistentes, sintiéndote incómodo/a sin razón aparente, desinflándote sin saber por qué).

Y así es como podrías estar ahuyentando justo a esas personas que tanto dices querer encontrar.

Motivo nº4: el mercado está fatal

Foto ilustrativa: Capitán Obvio seguro que entiende tu mala suerte en el amor.
Fuente de la imagen

Puede que el azar influya un poco en el amor, pero no tanto como nos gusta pensar.

La mayoría de la gente se empareja dentro de su entorno: círculo social, nivel educativo, intereses comunes. Así que eso de “el amor llega cuando menos te lo esperas” no es del todo cierto. Si no te relacionas, difícilmente va a aparecer.

También tendemos a repetir patrones. Nuestro cerebro busca lo familiar, aunque lo familiar nos haya salido fatal antes. Por eso, si tus relaciones pasadas fueron un caos, en lugar de pensar “esto no me conviene”, tu mente a veces dice “esto me suena, seguro que es amor”.

Mientras tanto, las personas que parecen tener suerte en el amor hacen algo distinto: se exponen más, eligen con realismo y no confunden intensidad con compatibilidad. No es magia, es estrategia (aunque, sí, siempre queda un pequeño factor de lotería).

Así que sí, puede que haya algo de azar. Pero entender cómo tomamos decisiones en el amor marca la diferencia entre repetir errores o cambiar la historia.

La clave del éxito es mejorarse

El arte de enamorar es el arte de mejorar.

Antoni Bolinches

Si siempre acabas en relaciones que no te hacen bien, no es mala suerte, es un patrón. Y para cambiarlo, toca hacer un poco de trabajo interno (sí, lo sé, qué pereza). Elegir mejor empieza por mejorar tus criterios, respetar tus valores y, sobre todo, trabajar tu autoestima.

Y para eso, hay que enfrentarse a tres grandes enemigos:

  1. Miedo a la soledad: Si estar solo/a te aterra, cualquier relación parecerá mejor que nada. Aprender a disfrutar de tu propia compañía cambia las reglas del juego.
  2. Frustración:No puedes gustarle a todo el mundo ni todo el mundo va a gustarte a ti. Aceptar esto te ahorra tiempo, energía y más de un disgusto.
  3. Incertidumbre: El amor es un salto al vacío, y no puedes controlarlo todo. O te enfocas en lo que depende de ti o te pasas la vida sufriendo por lo que no.

Así que, antes de lanzarte a la siguiente historia esperando que esta vez sí funcione, prueba a cambiar la forma en la que eliges. Quizás el problema no sea el amor, sino cómo lo buscas.

Aprende de quienes (se) saben amar

Aprender a elegir bien no es un don divino, es una habilidad. Y como cualquier habilidad, se entrena.

Así que toca imitar a la gente con autoestima, esos seres mitológicos que tienen claro lo que quieren y no se quedan donde no los quieren bien. ¿Cómo actúan? Más o menos así:

Si la persona que le gusta no está disponible: NEXT.
Si le dan una de cal y otra de arena: NEXT.
Si intentan controlarle: NEXT.
Si la persona no sabe lo que quiere: NEXT.
Si no encaja con sus valores: NEXT.

Elegir bien no va de adivinar el futuro ni de buscar señales en el horóscopo, sino de practicar, equivocarse y afinar el criterio. Un truco: pregúntate cómo quieres sentirte en una relación. Seguramente busques paz, confianza y estabilidad, no un thriller psicológico con final incierto.

Si crees que el amor tiene que ser un huracán de emociones para ser real, es normal que lo estable te parezca soso. Pero el enamoramiento se siente igual, solo que sin los altibajos innecesarios. Confundir intensidad con amor es la receta perfecta para acabar agotado/a.

Y si alguna vez te has quedado atrapado/a en una historia que te desgastaba más de lo que te aportaba, recuerda que salir a tiempo marca la diferencia.

Ahora dime, ¿sigues creyendo que es mala suerte o ves algo que podrías cambiar? Si te apetece compartirlo, aquí estoy.

1 comentario en “¿Mala suerte en el amor? Misterio revelado: te lo explico en 4 motivos”

  1. Me ha encantado el artículo.

    Cuando comencé a leerlo, me estabas describiendo a mi, con mi forma de ver las cosas en el Amor…»no tengo suerte»…pero en el fondo, realmente, es una mezcla de ciertas flaquezas que poseo (como mi autoestima fluctuante o idealizar al otro) y, consecuentemente, una sucesión de malas elecciones…

    Cuando leía los tipos de apego, me siento que estoy en medio…entre ansioso y seguro. Estoy trabajando aún mucho para, de a poco, mejorar mi amor propio y tener vínculos sanos de pareja.

    Me tengo fe, puesto que hace poco logré salir de una relación nociva, lo vi a tiempo, lo enfrenté y decidí irme de allí.

    Creo que estoy en camino de encontrarme a mi mismo, abrazarme y amarme como debe ser.

    ¡Gracias, me ha gustado mucho!

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